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domingo, 29 de julio de 2012

El último mohicano



 Los cines Renoir no tienen reina que les haga una carta de apoyo. Los cines Renoir cierran sin tener la posibilidad de estar en el debate político o de irrumpir en el pleno de un ayuntamiento. Los cines Renoir se esfuman. Se acabó, señores. El presidente de la Academia de Cine echa el cierre a las salas de s´Escorxador. No son rentables, dice. Las únicas pantallas de Ciutat que cuidaban el cine apagan los proyectores para siempre porque la ciudad les ha dado la espalda. Porque los estudiantes no iban. Porque la clase media culturalmente hablando no los pisaba. Porque no acudían suficientes extranjeros (sólo con los turistas que residen aquí se podrían haber salvado estos cines). Y porque los que ahora se manifiestan por los recortes en cultura tampoco pasaban por sus taquillas. Lo de los piratas en internet es una obviedad. Lo mismo sucede con la Simfònica: todos aquellos que se pegan ahora una vistosa pegatina de la orquesta en el pecho y van a la plaza Mayor de plañideras no han ido en su vida a uno de sus conciertos. Y menos pagando. Pues con los Renoir ya es tarde, queridos. En pocas semanas, formarán parte de algo tan burgués como el falso recuerdo. Absténganse de quejarse los espectadores que evitaban las salas de s´Escorxador porque sus butacas no eran tan cómodas como las de las salas más comerciales. Es triste ir al cine sólo por las butacas o por las palomitas que sirven, pero todos conocemos a amigos que lo hacen. Sí, el Renoir quedará congelado en varios años en la típica colección de láminas color sepia que entregan los periódicos para conectar con los nostálgicos, y muchos se enjugarán las lágrimas ante tal desaparición. Pero será un sentimiento de mentira. De plástico.

Los cines Renoir abrieron sus puertas en Palma el 2 de octubre de 1996. Llegaron con un proyecto al que han permanecido fieles desde entonces: exhibir producciones españolas y películas extranjeras de calidad proyectadas en versión original subtitulada. Una posibilidad que ninguna otra sala de la ciudad ofrecía. Los Renoir eran el espacio del diletante y han aportado durante más de 15 años un buen sustrato cinematográfico a la gente de mi generación. En este punto, no me olvido de la pequeña filmoteca de Jaume Vidal en el Centre de Cultura Sa Nostra, otro lugar que ha caído en desgracia.

Ya lo han dicho otros antes que yo y coincido con ellos, algunas de las películas más importantes de mi vida las he visto en ese cine. Y confiaba en que iba a continuar suministrándomelas. Era optimista. Hoy sé que no va a poder ser. Su filosofía me recordaba un poco a la de los cines Verdi en Barcelona. El destino quiso que pudiera vivir cerca de ellos, como ahora me ha regalado la posibilidad de vivir al lado de los Renoir. Mi cine de barrio.

A bote pronto y con mi estado de ánimo, recuerdo haber visto Funny Games en una de sus salas. Cerré el círculo con la proyección años después del remake. Ahora mismo vuelvo a tener la misma dosis de rabia que me inundó cuando vi esa película. Sí, sé que sólo es cine. W. H. Auden decía que la poesía no hace que nada suceda. Probablemente, el cine tampoco. Igual sólo emociona. Y no sirve para nada más.

Pero es que cierran los Renoir. Para mí eran la cuna de miles de historias secretas, felices y tristes. Y dos horas de mucha soledad frente a la pantalla. Sabíamos que no era bueno que los sábados a mediodía (mi día preferido) el cine estuviera vacío, pero nos gustaba estar irremediablemente solos en la sala.

Cierran los Renoir. En los últimos tiempos, estos cines se habían convertido en el último mohicano de una selva cruel y hortera, y flechas ignorantes le han ido atravesando el corazón, el mismo del logo institucional, hasta destrozárselo. Hoy Palma es menos grande y más vergonzosa que nunca.


*Publicado en "Diario de Mallorca" el 29 de abril de 2012

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