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domingo, 29 de julio de 2012

Unos muertos que nos sacuden


 Tras visitar la exposición sobre la revista Nosotros somos los muertos (hasta el 10 de junio en Ses Voltes) extraigo algunas conclusiones: en primer lugar, que es una muestra importante que deja constancia de un proyecto de 20 años de cómic experimental y de vanguardia que se coordinó desde Mallorca. Un destello artístico que forma parte de una historia cultural, la nuestra, siempre con muchos altibajos pero interesante. Dos, la exposición agita bastante y tiene mordiente: arranca risas ácidas, desmonta tópicos y mensajes cotidianos, señala con el dedo la hipocresía y la mercantilización de la vida, y turba: en ella hay mucha ensoñación, terror extraño y surrealismo inquietante. El mismo que ahora sentimos frente al rescate de Bankia (1.700 euros por español) y los infames sueldazos de sus gerifaltes. No damos crédito. Bankia tampoco. La lógica ya no es posible.













Volviendo a la revista de cómic de autor que Max y Pere Joan lanzaron entre 1993 y 2007, he de decir que el modo en que la creatividad se desplegó desde los comienzos en esta publicación es paralelo al modo en que la cultura se va a desarrollar en estos tiempos líquidos, pero sin liquidez. Autoediciones, fotocopias y cuatro grapas; todo eso está sucediendo, pero en internet. Cada cual se lo monta a su manera para canalizar sus ansias creativas. Antes se hacía para no sucumbir a la implacable lógica del mercado. Ahora es diferente: lo que sucede es que el mercado se está autodestruyendo. Y todos somos los muertos del mercado. Hemos dejado de ser los muertos de la guerra de Bosnia, motivo con el que Max arrancó con toda esta historia recogida en Ses Voltes y comisariada por Marta Sierra; pero eso durante la visita a la exposición da igual, porque el ejemplo que da la revista nos sirve igualmente.

La muestra arranca con un vídeo de entrevistas con los fundadores y colaboradores de la publicación. De fondo les escucho, mientras disfruto de las historietas e ilustraciones de Cifré, Arnal Ballester, Muñoz, Sequeiros, Gallardo, Gabi Beltrán, Àlex Fito, Lluís Juncosa (muy bueno su: Cap on va l´escultura moderna?) u Olivares. Reparo en las viñetas de Julie Doucet. En ellas, la canadiense se burla de la obsesión que a veces tienen algunos hombres con el tamaño de su sexo. "Si yo fuera hombre", dice Doucet, "me metería dentro del sexo revistas, cepillos de dientes, etc". En un esbozo de la portada del número 10, Max apunta algunas ideas y apreciaciones contemporáneas. No sé si es lo que pretende buscar con su dibujo. Escribe el dibujante: "Las buenas intenciones, la avidez, el desconcierto, la obnubilación, el asombro, el patetismo, el empecinamiento, la visceralidad. No es mi problema. No es asunto tuyo". Qué buen resumen de nuestra sociedad. Luego reparo en una portada de Pere Joan que parece un cuadro surrealista de Dalí. La exposición es un golpe en la cara. Una sacudida. En otra sala, a la que se accede atravesando una colectiva ajena a este montaje –lástima de este detalle que desbarata el recorrido–, se encuentran algunos escritos publicados en la revista: reflexiones sobre el cómic (Pereza, héroes, pudor, mentiras y el mercado), o reflexiones como la siguiente: "La provocación de hoy sería el silencio o la lentitud". Al final del recorrido, me encuentro con otra sacudida, una fantástica viñeta que desenmascara las apariencias: en ella, se ve a un hombrecillo supuestamente libre, en cuya sombra aparece otro ser supremo que va tirando de unos hilos para manejarle. El hombrecillo proyecta la sombra de una marioneta. ¿Lo somos, no lo somos, queremos serlo? Lo mejor de Nosotros somos los muertos es que compaginaba el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Buen método.

*Publicado en "Diario de Mallorca" el 13 de mayo de 2012

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